Leyre González Justo: la sonrisa apagada por el control que mató
La madrugada del 14 de agosto de 2018, en la localidad granadina de Dúrcal, terminó trágicamente la vida de Leyre González Justo, una joven asturiana de apenas 21 años. Aquella noche, su pareja, un hombre de 38–39 años de origen marroquí con el que tenía un hijo de dos años, le asestó varias puñaladas en el interior del domicilio que compartían. Después, la introdujo herida en el coche y la dejó en las puertas del centro de salud local, huyendo rápidamente. Su cuerpo fue encontrado sin vida pasada la medianoche

Leyre había llegado a Dúrcal un año y medio antes soñando con echar raíces. Cuidaba de su hogar y de su pequeño hijo, inscrita en la bolsa de empleo municipal y manteniendo una relación que, para quien la conocía, mantenía discusiones frecuentes. No había denuncias previas, pero familiares recurrieron al miedo y al control sutil; su madre, Belinda Justo, recuerda que su hija le decía que ya no aguantaba más, que su pareja estaba “amargado”
La familia, asturiana de nacimiento, mantenía una relación muy cercana con Leyre. Su abuela, Alba Sanz, la recordaba como “la persona más dulce que he conocido”. Ella había estado con su nieta hasta días antes del crimen; recordaba con cariño una visita conjunta a Covadonga ese diciembre y lamentaba el aislamiento forzado que Leyre terminaba sufriendo debido a la presión controladora de su pareja
Pocos vecinos salieron en su defensa. Uno relató: “La vi paseando a su bebé, pero nunca escuché palizas; si hubiese escuchado algo, habría llamado”. Sin embargo, en la noche fatal, el silencio se rompió con un acto irreversible. Tras los hechos, el agresor fue localizado, detenido, aún con manchas de sangre en la ropa, y puesto en prisión sin fianza


La repercusión fue inmediata: Dúrcal decretó dos días de luto y concentraciones en repulsa por parte de vecinos e instituciones, incluido un sentido minuto de silencio en la Plaza del Carmen. La Universidad de Granada emitió un comunicado condenando el homicidio y expresando solidaridad con la familia.
Hoy, la memoria de Leyre vive en quienes la conocieron: su hijo de dos años, ahora huérfano, permanece al cuidado de su abuela Belinda, quien describe su entorno familiar como “muy precario”, pero firme en la voluntad de honrar su memoria. Su madre, profundamente afectada, relata el vacío que deja en sus vidas y denuncia el olvido institucional que muchas veces sigue a estos crímenes.
Detrás de Leyre había una joven llena de vida y con sueños por cumplir. Su asesinato, el número 27 en España en 2018 según las estadísticas oficiales, se convirtió, tristemente, en un símbolo más de la violencia de género: un control enfermizo, un cuchillo y una vida apagada.
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